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ESPECIAL MES DE LAS MADRES

La Biblia está repleta de versículos e historias que retratan la vida simple, frágil, pero llena de fe y audacia de mujeres que Dios levantó para un propósito específico.

Son historias que nos desafían y nos animan a vivir la misma fe, llevándonos a reflexionar que una vida de renuncia trae gloria y honra a Aquel que es digno de toda adoración.

Recuerdo cuando empecé a entender, aún en la adolescencia, que Dios me estaba llamando a la obra misionera. Leía historias y biografías de mujeres que Él había levantado para servir a un pueblo y a una nación.

Imaginaba que había algo diferente o extraordinario en ellas, por haber recibido un llamado tan magnífico. Con el tiempo, comprendí que ese mismo Dios llama a personas como yo: simples y limitadas, para cumplir Su misión.

Fue entonces que decidí entregarme a ese largo y desafiante viaje. Sin embargo, no tardé mucho en comprender que, en el campo misionero, Dios usa lo simple, lo cotidiano, lo ordinario, para que Su nombre sea anunciado.

Es en el andar, en el vestir, en la forma de comunicarse y en la relación con la familia que Dios nos usa para demostrar su amor.

Es en las amistades que desarrollamos con los nacionales, a menudo exigiendo tiempo y dedicación incluso antes de compartir verbalmente sobre Cristo, que el nombre de Jesús es glorificado.

Cuando me convertí en madre, tras 9 años de casamiento y ya con 4 años sirviendo en tierras lejanas, vi mi vida cambiar completamente. Viviendo en el Norte de África, con nuestro primer hijo de apenas 7 meses, enfrentábamos muchos desafíos. Con temperaturas que llegaban a 50°C a la sombra, sin vehículo, éramos obligados a salir con él solo cuando el sol bajaba y el calor se tornaba más soportable.

Acostumbrada a participar de todas las actividades ministeriales al lado de mi esposo, un día, mientras estaba sentada jugando con nuestro hijo, le pregunté a Dios por qué necesitaba quedarme en casa mientras mi esposo estaba en el ministerio.

Sentí la respuesta como una brisa suave y refrescante: “Te permití dedicarte a mí junto a tu esposo durante 9 años, ahora es tiempo de dedicarte y cuidar del bien más preciado que les confié.”

No ser madre en el campo misionero también es servir al Señor cuidando del hogar, del esposo y de los hijos. Es saber que aquello que nadie ve, Dios lo ve y Él se agrada de un corazón totalmente dispuesto a servirle, incluso cuando eso sucede dentro de las cuatro paredes de casa.

Ser madre en el campo misionero es entender que, incluso sin las mismas facilidades y oportunidades del país de origen, nuestros hijos pueden crecer bien y felices, teniendo el hogar como una referencia sólida de una familia que ama a Jesús.

Ser madre en el campo misionero es recordar que, al igual que Sara, Ana, Rebeca, María y tantas otras, somos llamadas a confiar a nuestros hijos a Dios, para que se conviertan en instrumentos de transformación en su generación.

Ser madre en el campo misionero es aceptar que, en fechas y momentos especiales, a menudo solo nos tendremos el uno al otro y eso será suficiente para llenar nuestro corazón de gratitud y alabanza al Señor.

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