Hoy ha sido un día de carreteras, polvo y sol. Hemos ido a visitar a los niños de otro pueblo más para enseñarles... y, como siempre, hemos acabado aprendiendo de ellos.
Cantamos, jugamos, saltamos a la comba y jugamos a la pelota.
Seguir la llamada de Dios siempre nos lleva más allá de nuestras fronteras y mucho más allá de lo que podemos conseguir por nosotros mismos. Nos enfrentamos a barreras mayores que nuestras fuerzas y capacidades, y esto nos recuerda que la obra no nace de nosotros, sino de Él.
Como enseña MacArthur, Dios es glorificado cuando obedecemos su palabra, proclamamos fielmente el Evangelio, perseveramos incluso en las dificultades y vivimos una vida que le agrada.
Así es la vida en el campo: gente corriente, con limitaciones reales, viviendo con sencillez y dejando que un Dios glorioso haga lo extraordinario.
¿El evangelio?
Es sencillo, ¡pero el poder del Evangelio es grande!
Él es capaz de dar al hombre lo que nadie más puede: la vida eterna.

