Vivimos en un tiempo en el que todo tiene que ser rápido. Resultados inmediatos, respuestas instantáneas, crecimiento visible. Y, sin darnos cuenta, llevamos esa misma expectativa a nuestro caminar con Dios. Pero no siempre es así.
Hay historias en el campo misionero que muestran una realidad muy diferente: años de dedicación, amor y servicio... sin ver frutos aparentes. Gente que siembra por décadas sin cosechar aquello que esperaba. Y eso puede ser difícil.
La verdad es que el evangelio no siempre crece al ritmo que queremos. En muchos lugares, especialmente en contextos culturales diferentes, el proceso es lento. Exige relación, paciencia, aprendizaje y, sobre todo, perseverancia.
Existe un dicho bíblico que dice: “Uno siembra, y el otro cosecha”.” Esto nos recuerda algo importante: no siempre veremos el resultado de nuestro propio trabajo.
Nuestro papel no es controlar la fruta, más ser fiel en aquello que Dios nos llamó a hacer.
A veces lo que hoy parece poco puede ser la base de algo grande mañana. Lo que parece silencio puede ser preparación. Y lo que parece un retraso... puede ser el tiempo de Dios.
Esperar no es fácil. Pero es en este proceso donde aprendemos a confiar en Dios más que en los resultados.
Porque, al final, la misión nunca se trató de números. Siempre se trató de entrega, obediencia y fidelidad.


