Por Maura Juçá Manoel
El ministerio requiere un diálogo constante con Dios, que comienza cuando escuchamos el llamado y se extiende a lo largo de toda la vida. Es un camino difícil marcado por tiempos de transición y para no perder el rumbo, las conversaciones con el Padre son vitales. “Y cuando te apartes a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán a tus espaldas una voz que diga: Este es el camino, andad por él” (Is 30:21).
Quiero abordar este asunto, basándome en dos momentos en la vida de Moisés, su llamado y la transición de liderazgo al final de su ministerio.
Al oír la voz de Dios llamándolo, Moisés responde: Heme aquí (Éx 3). El diálogo que sigue muestra tres elementos indispensables para la obra misionera: un Dios sensible, un pueblo perdido y un siervo dispuesto a obedecer.
“Ciertamente, vi la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y oí su clamor, y conozco sus$\textit{ sufrimientos}$. Por eso he descendido a$\textit{ liberarlo}$ de manos de los$\textit{ egipcios}$ y a hacerlo subir de aquella$\textit{ tierra}$ a una tierra buena y$\textit{ espaciosa}$, a tierra que$\textit{ fluye}$ leche y miel, al lugar de los$\textit{ cananeos}$,$\textit{ heteos}$ y$\textit{ amorreos}$,$\textit{ heveos}$ y$\textit{ jebuseos}$.
Y ante esa situación, Dios añade: Ven ahora, y yo te enviaré. Moisés cuestiona: ¿Quién soy yo? ¿Cuál es tu nombre? El diálogo alcanza su cúspide, cuando Dios contraargumenta: Yo seré contigo, Yo Soy el que Soy.
El nombre de Dios, EHEYEH, es un conjunto de cuatro letras que expresa todas las formas y tiempos del verbo ser. Es como si Dios dijera a Moisés: “Yo soy lo que seré”. Por lo tanto, no nos dice solo que Dios es, sino también que está siendo, y que Él será. Moisés actuó basado en esta certeza.
En el Número 20, ante el desafío de la falta de agua, Dios da una orden clara: “Toma la vara, reúne a la congregación, tú y Aarón, tu hermano, y hablad a la peña, a vista de ellos, y dará su agua” (v. 8).
Moisés coge el bastón, reúne al pueblo y se lleva a Aarón, tal y como Dios le había ordenado, pero golpea la roca, algo que no formaba parte de las instrucciones. Moisés no confió ni honró la santidad de Dios, pues su acción de golpear la roca, en lugar de hablarle, denotaba desobediencia y falta de confianza (v. 9).
Moisés dice “haremos”, pero el poder no estaba en él, ni en Aarón, o en el bordón, estaba en Dios y en Su palabra. Moisés desobedeció y eso trajo la consecuencia de no entrar en la tierra prometida.
Él falló, pero Dios no se rindió con él. De igual forma, todos nosotros en algún punto de nuestro ministerio cometeremos errores. Para evitarlos necesitamos escuchar a Dios y obedecer sus órdenes.
Ante el hecho inevitable de que Moisés no permanecería para siempre en su liderazgo, le pide a Dios un sucesor, alguien a quien pasarle el relevo: “Señor, autor y conservador de toda vida, pon un hombre sobre esta congregación... para que no sean como ovejas que no tienen pastor” (Nm 27:1-18). El Señor responde: “toma a Josué”.
Todos los líderes algún día serán sucedidos por alguien. Es vital tener conciencia de eso, dialogar con Dios y permitirle que indique al sucesor. Es importante invertir en la vida de aquellos que darán continuidad a nuestro legado. La obra es de Dios. Es Él quien llama a las personas y en su tiempo las sustituye. Que el Señor nos dé sensibilidad para escuchar su voz, y la gracia para obedecerla siempre.





