Por Lélia Ferreira
“Porque la misma parte que corresponde a los que fueron a la batalla será también la parte de los que se quedaron con el bagaje; recibirán partes iguales” (1 Samuel 30:24).
Las Escrituras narran que David y un ejército de seiscientos hombres llegan a Siclag y encuentran la ciudad invadida e incendiada por los amalecitas. David siguió en persecución con cuatrocientos hombres, pues doscientos permanecieron junto al arroyo, exhaustos de la jornada anterior. Al regreso, algunos hombres malos e hijos de Belial de entre los que habían ido a la batalla no querían dividir los despojos con los que se quedaron en el arroyo. David, sin embargo, afirmó que no debían tratar así a los que habían permanecido en la retaguardia, sino que debían repartir igualmente la conquista: “La misma parte que les corresponda a los que fueron a la batalla será también la parte de los que se quedaron con el equipaje; recibirán partes iguales”.
Este pasaje bíblico demuestra un principio importante: la división igualitaria de lo conquistado en la batalla entre los que lucharon y los que se quedaron cuidando del equipaje. Se trata de una regla de justicia e igualdad entre los soldados. Los que van al campo y los que se quedan en la retaguardia tienen el mismo valor y son dignos de la misma recompensa. ¡Esto tiene mucho sentido! La obra no es realizada por una sola persona. Existe toda una estructura de apoyo detrás de aquellos que están en la línea del frente. Además, la participación de los que se quedan con el equipaje es indispensable para que la obra continúe, depende de aquellos que apoyan, interceden y contribuyen.
Siendo así, todos recibirán partes iguales. Esa es la matemática de Dios. El Señor nos invita a participar de Su obra no por nuestra propia fuerza, sino por Su gracia. Es Su Palabra la que nos convence y transforma. Que podamos permitir que el Señor nos use y cambie nuestras actitudes ante aquello que Él ha propuesto para Su Iglesia.
Que el Señor bendiga a todos los que, de alguna manera, han participado en la retaguardia, “quedándose con el equipaje”, para que la obra misionera, aún inacabada, avance hasta que el evangelio sea predicado a todos.




